Los ingresos generados de la publicidad serán destinados a causas benéficas a favor de asociaciones protectoras de animales y ONGS.

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Ni una mascota sin su Placa Azul.

sábado 7 de noviembre de 2009

"Un rincón de mi casa" para el último del 27


Adentrándome en Un rincón de mi casa, sencillo y bello título de uno de los cuadros que firmara su Musa y madre, la pintora María Luz García-Duarte, y que le inspirara para uno de sus relatos incluidos en el libro El jardín de las delicias (1971), quiero dedicar un rincón de mi casa virtual al gran novelista, ensayista y caballero granadino Francisco Ayala (Granada, 1906- Madrid, 2009). Queden así para siempre plasmados los Dulces recuerdos de sus pasos en la tierra y la belleza eterna andaluza del último representante de la generación del 27 en Renacimiento.

domingo 1 de noviembre de 2009

Una de fantasmas: "La cueva de la mora"


I

Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la Reconquista, por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que le defendieron, como los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz.
De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos: aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la hiedra; allí un torreón, que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa, con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe, y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones con la idea de encontrar la entrada de algunos de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.
Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.
Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en lo alto de la roca sobre que se asienta el castillo, renuncié a subir a ella y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la Naturaleza y que después que anduve algunos pasos vi era un subterráneo abierto a pico. No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente las particularidades de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda había descubierto uno de esos caminos secretos tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió de servir para hacer salidas falsas o coger durante el sitio, el agua del río que corre allí inmediato.
Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes; de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
-¡Penetrar en la cueva de la mora! -me dijo como asombrado al oír mi pregunta-. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?
-¡Un ánima! -exclamé yo sonriéndome-. ¿El ánima de quién?
-El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.
Por la explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él, había alguna historieta; y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones, especialmente de labios de la gente del pueblo; le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo a mi vez se la voy a referir a mis lectores.

II

Cuando el castillo del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, ocurrió junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verle, creyendo la llegada de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su extraña melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos, y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer; ora hacía los mayores esfuerzos para olvidarla; ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que al fin un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, mandó llamar a sus hombres de guerra, y después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura, objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir aherrojándole en el fondo de sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que al fin logró encender en el pecho de la hermosísima mora, ni hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.
Y en efecto, sucedió así: el alcaide allegó gentes de los lugares comarcanos; y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces, y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos; se levantó el puente colgante, y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
Al castillo con razón podía llamarse inexpugnable. Sólo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores, una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta, juraron perecer en su defensa.
Los moros, impacientes: resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo, cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora se inclinó sobre su amante que yacía en el suelo moribundo, y tomándole en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, y, por la boca qué dejó ver una piedra al levantarse como movida de un impulso sobrenatural, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al fondo del subterráneo.

III

Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío, y dijo: -¡Tengo sed! ¡Me Muero! ¡Me abraso!- Y en su delirio, precursor de la muerte, de sus labios secos, por los cuales silbaba la respiración al pasar, sólo se oían salir estas
palabras angustiosa: -¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que una vez rendida la fortaleza buscaban en vano por todas partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio: sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y resonó un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparado sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su corazón; y conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban; volvió los ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía, y sin acercársela a los labios, preguntó a la mora: -¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión, y si me salvo salvarte conmigo? La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de la sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal, invocando el nombre del Todopoderoso.
Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo, entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.

Gustavo Adolfo Bécquer, "La cueva de la mora", en Leyendas II.

sábado 24 de octubre de 2009

Día de la Biblioteca


Hoy sábado 24 de octubre se celebra el Día Internacional de la Biblioteca. Con motivo de este evento cultural se han organizado una serie de actividades en torno a la biblioteca, el libro y la lectura para fomentar su uso y hábito a las que, como es habitual, no se les han dado demasiada difusión. Hoy, además, coincide con el 50º aniversario de la Biblioteca Provincial Infanta Elena de Sevilla.

Artículo recomendado: ¡Millones de felicidades!

jueves 22 de octubre de 2009

Concentración contra el abandono de animales


El C.A.C.M.A. (Colectivo Andaluz Contra el Maltrato Animal) ha convocado una concentración en colaboración con diversas protectoras y asociaciones animalistas de Andalucía, entre ellas Arca de Noé, que tendrá lugar a las 12:00 horas del mediodía del próximo 24 de Octubre (sábado) en la puerta de los Ayuntamientos de todas las capitales de la provincia de Andalucía.

El motivo, hacer llegar a la administración local la preocupación ante el grave, evidente y triste problema del abandono y maltrato masivos de animales domésticos en los últimos años y reivindicar una mayor acción legal contra los dueños y agresores.

El lema, NO AL ABANDONO. Por primera vez, Andalucía entera se levantará para gritar ¡NO AL ABANDONO!

Los animales cuentan contigo ¡Únete!

martes 20 de octubre de 2009

El dinosaurio


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí...
(Augusto Monterroso).


Para un ángel que duermevela en su sueño eterno.

miércoles 14 de octubre de 2009

Los Secretos del Bosque


Nada más despuntar el alba, los gallos comenzaron la jornada con su singular maitines mientras un haz de tintados rayos de sol se colaban por la vidriera de mi alcoba y reflectaban un vaho de calor en las sábanas y cojines de seda, anunciando otro caluroso día otoñal. El galope de un corcel y un reverberante cuerno me acabaron de desvelar a lo lejos. La Corte recibía una visita demasiado matutina. Me asomé al balcón y aún con la visión turbia y el cuerpo entumecido, divisé cómo un heraldo descabalgaba y dejaba ágil un objeto al pie de la verja de palacio. Ávida de curiosidad, bajé corriendo inmediatamente a averiguar de qué se trataba el correo y al abrirlo, me encontré con un códice de grandes dimensiones. No le acompañaba ninguna nota con pistas sobre el remitente, pero fuere quien fuere, parece que me conocía bastante bien.

Hasta que no hojeé el primero de sus folios no pude conocer su título pues en su portada no había ni siquiera nada escrito, tan sólo quedaban restos de algunas hojillas secas que se habían adherido a él clandestinamente durante el transporte.

Los Secretos del Bosque, leí en una vieja grafía árabe, aunque también venía traducido a algunas lenguas romances europeas. En la parte inferior unos destellos plateados de luz y color iluminaban una preciosa miniatura primorosamente policromada con la imagen del Árbol de la Vida en llamativos pigmentos carmesíes, azul-violados, verdes y sepias, predominando el tono carmesí y el verde. A su vez, las letras estaban ornamentadas con motivos vegetales muy estilizados con extrañas formas y figuras.

Me acomodé en mi jaima para continuar plácidamente la lectura del cuentecillo- exemplum con que comenzaba el librito:

Hubo una vez un pájaro de piedra. Era una criatura bella y mágica que vivía a la entrada de un precioso bosque entre dos montañas. Aunque era tan pesado que se veía obligado a caminar sobre el suelo, el pajarillo disfrutaba de sus árboles día tras día, soñando con poder llegar a volar y saborear aquel tranquilo y bello paisaje desde las alturas. Pero todo aquello desapareció con el gran incendio. Los árboles quedaron reducidos a troncos y cenizas, y cuantos animales y plantas vivían allí desaparecieron. El pajarillo de piedra fue el único capaz de resistir el fuego, pero cuando todo hubo acabado y vio aquel desolador paisaje, la pena y la tristeza se adueñaron de su espíritu de tal modo que no pudo dejar de llorar. Lloró y lloró durante horas y días, y con tanto sentimiento, que las lágrimas fueron consumiendo su piedra, y todo él desapareció para quedar convertido en un charquito de agua.
Pero con la salida del sol, el agua de aquellas lágrimas se evaporó y subió al cielo, transformando al triste pajarillo de piedra en una pequeña y feliz nubecita capaz de sobrevolar los árboles. Desde entonces la nube pasea por el cielo disfrutando de todos los bosques de la tierra, y recordando lo que aquel incendio provocó en su querido hogar, acude siempre atenta con su lluvia allá donde algún árbol esté ardiendo.

Pedro Pablo Sacristán, El pajarillo de piedra.

Descubriendo el primero de esos secretos, sin darme cuenta, empecé a caminar ensimismada en mi lectura y como otra más de las ratitas hechizadas tras el orfeico Rattenfänger de Hamelín, sugerentes notas de piano me condujeron a un hermoso lugar y sentí que una vocecilla traviesa y aguda salida tímidamente de las zarzas me decía:

-Voy al Bosque del Duende.

-¿Sabes dónde está? - le respondí como un resorte.

Sin darle ni tiempo a aclararme la duda, revoloteó delante de mí dejando un gracioso reguerillo de polvo de estrellas. Me preguntaba si mis científicos de Corte se habían percatado alguna vez de la existencia de estas libélulas parlantes y, sonriendo, me sentí la poseedora de un importante descubrimiento.

Una bocanada de aire fresco fue lo que me indicó que me encontraba ya en ese lugar pero por su aspecto me resultaba de un tiempo primigenio, un locus amoenus en el que sólo se bebía el verdor de la clorofila y donde se respiraba el frescor de un agua clara cristalina y pura. Las raíces de variopintas especies vegetales parecían recién nacidas de sus orígenes y por sus frondosos senderos corrían inquietos animalillos que yo ni conocía o de los que suponía extinguidos sin temor a ser aniquilados por las garras humanas...

Y así, con la incursión en ese mágico País al que volveré más veces, me vi cada vez más y más atrapada entre los folios del manuscrito pero los demás secretos os invito a que los vayáis descubriendo por vuestra cuenta pues os aseguro que os merecerá la pena. Sólo os adelanto que su bellísima música os descubrirá un maravilloso Blog sobre Ecología y Medio Ambiente, una nueva ventana virtual necesaria en estos amenazadores tiempos que corren creada por el Duende del Sur, un biólogo sevillano de pro y Técnico en Gestión Medioambiental. Y qué mejor comienzo para su blog verde que inaugurarlo en el Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Ojalá que Los Secretos del Bosque siembren valores y creen una fuerte conciencia de respeto y protección de nuestro entorno.

Felicidades por esta genial iniciativa. Desde la Corte renacentista, bajo mi protección, mecenazgo y cariño te deseo mucha suerte, Duendecillo, y como amuleto, te envío una hoja de fresno, símbolo del Árbol de la Vida y conector del Averno, la Tierra Media y el Mundo Superior del espíritu.


Fraxinus excelsior.






sábado 10 de octubre de 2009

Una mujer que iluminó al Mundo


Otra mujer singular y adelantada a su tiempo que nos recuerda esta vez el Séptimo Arte bajo la dirección del insigne Alejandro Amenábar en forma de una magnífica película épica durante este atípico otoño.

Ágora narra con algunos tintes legendarios la historia de una valiente y erudita filósofa, astrónoma y matemática de la antigua ciudad del Nilo llamada Hipatia (gr. Ὑπατία) -encarnada por una corajuda Rachel Weisz-, que logró tales alcances en literatura y ciencia que sobrepasó a todos los filósofos de su propio tiempo y de la que, sin embargo, han trascendido escasos datos y ninguna de sus obras.

Inventora, instructora y maestra en la Escuela neoplatónica de Alejandría de un numeroso grupo de discípulos, sus afamados prodigio, oratoria y elocuencia de sus clases magistrales se extendieron incluso fuera de los confines de su ciudad, conocida especialmente por su desaparecida Gran Biblioteca ptolemaica -la más grande del mundo- y su sucesora, la Biblioteca del Serapeo, así como por su Faro, una de las Siete Maravillas del Mundo.

Nacida en una era equivocada, se convierte en protagonista de un complejo y apático momento de la Historia de la Humanidad caracterizado por una convulsa sociedad regida por la Ley del Talión y un tumultuoso triángulo de tensiones religiosas, políticas y revueltas sociales tras la progresiva decadencia y ocaso del Imperio Romano, el creciente fervor fanático del Cristianismo, la intolerancia hacia la libertad de culto, la lucha de poder, la ambición, la tiranía y un radicalismo irracional aniquilador de la Ciencia y el Pensamiento clásicos; en él, la figura de esta independiente Minerva liberal cobra un enorme protagonismo, bastante peligroso para su condición femenina, su firme convicción de principios y su perserverante misión de salvar la sabiduría del Mundo Antiguo llevando por bandera el lema Es más lo que une al hombre que lo que lo separa y poniendo de manifiesto que la Razón, la Lógica y la Fé no tienen por qué estar enfrentadas, como ha intentado hacernos creer la deplorable y angosta visión moralista de los prismas religiosos durante siglos a base de intransigencia, represión y sometimiento para compensar sus propias limitaciones. Ya lo decía Karl H. Marx en el Prólogo a La Filosofía del Derecho de Hegel: "La Religión es el Opio del Pueblo..."

En este sentido, me impactó una de las intervenciones de la protagonista argumentando lógicamente su postura ante su antiguo discípulo predilecto convertido en obispo de Ptolemaida, Sinesio de Cirene:


-Tú no cuestionas lo que crees ¿Yo sí?


Hoy día la misma historia se repite: crisol de luchas políticas entre distintas facciones de una misma ideología, obtusas mentes blanquinegras incapaces de aceptar el tono gris, las guerras de religión en el Mundo, la venganza, las injusticias, el totalitarismo y otras catástrofes humanas continúan en caótico auge mientras la bóveda celeste observa atónita en su regular armonía cómo el Hombre sigue aniquilándose entre sí a pesar del paso de los milenios.

Amenábar nos invita a reunirnos con Hipatia en un Ágora atemporal al son de una preciosa B.S.O. de Dario Marianelli para debatir y deliberar sobre el Origen del Universo y la Creación, sobre las leyes que rigen el movimiento de los astros o, quizás, sobre el "Big Bang" que el Hombre y sus consecuencias devastadoras, eras después, parece querer estar provocando de nuevo.

Paradigma de la espiritualidad, la insumisión y la convivencia pacífica entre culturas, lenguas y opiniones, su enorme afán de conocimiento y una sacrificada vida dedicada en exclusiva a la búsqueda de lo desconocido, a la verdad y a la enseñanza de sus investigaciones y estudios, pese a ser víctima de la abominable intolerancia machista de su época, hace de ella una adalid virtuosa a la que Renacimiento quiere rendir homenaje.
Su nombre, icono del feminismo, no es desconocido para el ámbito intelectual pues da título a dos prestigiosas revistas feministas, a la par que constituye un recurrente mito literario tratado por autores como el poeta parnasianista Charles Leconte de Lisle, la poetisa italiana Diodata Saluzzo Roero o el novelista inglés Charles Kingsley.

Web oficial:
Ágora.


miércoles 7 de octubre de 2009

"El Manco de Lepanto"

Paolo Veronese, La Battaglia di Lepanto (c. 1573). Olio su tela. Venezia, Gallerie dell'Accademia.


La festividad de la Virgen del Rosario, celebrada hoy día 7 de octubre, fue instituida por el Papa Pío V para conmemorar la victoria española frente a los turcos en la Batalla naval de Lepanto acaecida el domingo, 7 de octubre de 1571, ya que la intercesión de la Virgen para ayudar a las tropas cristianas fue invocada a través de la oración del Santo Rosario por parte del Pontífice.

El pintor Lucas Valdés nos da buena cuenta de ello en la Capilla Sacramental de nuestra Iglesia sevillana de la Magdalena con su espléndido mural denominado La batalla de Lepanto, donde aparece la Virgen del Rosario protegiendo a las naves españolas; pero aparte de cuestiones puramente militares y políticas fundamentales para nuestra historia, esta afamada batalla nos dejaría una curiosa anécdota por la heroica participación de Miguel de Cervantes en ella, a bordo de la galera "Marquesa", tal y como lo plasmaría el Príncipe de los Ingenios españoles en el "Prólogo" de las Novelas ejemplares y de la Segunda parte del Quijote.

Es de "aquella felicísima jornada" (Quijote, 1.39.429), de la que, hoy, festividad de todas las Charos, he querido dejar constancia para brindar, así, mis felicidades a todas mis tocayas y con qué mejor regalo que con un "autorretrato" cervantino:

«Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes, ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria».

Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, "Prólogo al lector", edición de Rosa Navarro Durán, Madrid, Alianza, p. 58.

viernes 2 de octubre de 2009

"Octubre": sacrificio de amor y eternidad

Jacek Yerka, The Autumn Labyrinth (pastel, cartón).

Estaba echado yo en la tierra, enfrente
el infinito campo de Castilla,
que el otoño envolvía en la amarilla
dulzura de su claro sol poniente.
Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente.
Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
el ancho surco del terruño tierno;
a ver si con romperlo y con sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.
(AMOR)

Juan Ramón Jiménez (Poema incluido en Segunda antolojía poética (1898-1918), sección "Sonetos espirituales", ed. de Jorge Urrutia, Madrid, Espasa- Calpe, p. 268).

miércoles 16 de septiembre de 2009

La Noche de los Museos


Este viernes 18 de septiembre arranca la tercera edición de la Noche Larga de los Museos sevillanos, evento cultural que volverá a culminar en la antesala del equinoccio de Otoño, anunciando otra buena oportunidad para trasnochar a la vez que se aprende, haciendo una incursión en la larga noche sevillana bajo la luz de la luna y visitando, de forma distinta, o incluso descubriendo -por una gran mayoría de ciudadanos, sorprendentemente- la amplia gama de museos que alberga la capital hispalense durante todo el año y los tesoros que se cobijan entre sus salas y galerías; entre ellos, el Museo Arqueológico, el de Artes y Costumbres Populares, el de la Autonomía de Andalucía, el de Bellas Artes, el de Carruajes o el Histórico Militar.

De esta forma, los museos y otras instituciones culturales de la ciudad muestran su cara más cercana, "joven" y "moderna" en una jornada especial de puertas abiertas, acompañándola, además, de otras interesantes actividades culturales que se ofrecen en un programa bastante completo y ameno. Toda una magnífica ocasión para el prodesse et delectare horaciano que Renacimiento recomienda encarecidamente.

Noche larga

miércoles 9 de septiembre de 2009

La leyenda de Don Fadrique y Doña María de Padilla (final)


...Sólo necesitaba dinero y el consentimiento de su señor -y como bien apuntaba nuestro amigo cortesano Suri,- se habían puesto de acuerdo con dos vendedores del mercado que surtían al Alcázar, para engañar a los espías de don Pedro. Uno de ellos estaba casado con una huertana que guardaba cierto parecido en el porte con la favorita del rey. Un día en que éste no estuviera en el Alcázar, entrarían los dos vendedores acompañados de la hortelana y provistos de sus cestos. Al amanecer, cuando no fuera fácil distinguir si la mujer que los acompañaba era la huertana o doña María, saldrían de nuevo con la regia prisionera, vestida con un traje de labradora, que le habrían llevado en el cesto. La mujer del vendedor podría dejar el Alcázar poco después, sin llamar la atención de nadie. Don Fadrique estaría por los alrededores con su gente, y ya no tendría más que recoger a su amante y emprender la huída. El maestre aceptó el plan, confiadamente, y dio el dinero que se le pedía. Enseguida se retiró a leer la carta que don Menendo le había entregado. Doña María le rogaba en ella que no abandonase la hospitalaria Navarra; pero los términos encendidos en que le escribía acabaron por decidirle marchar a Sevilla. De nada sirvieron los prudentes consejos de su amigo el de Beaumont. Desconfiaba éste del aspecto rufianesco de don Menendo; pero viendo que no había manera de que don Fadrique desistiera de su propósito, se ofreció a acompañarle con cien lanzas y entrar por sorpresa en Andalucía. El maestre rechazó esta idea, porque pensaba que era imposible sorprender a don Pedro, siempre prevenido, y resolvió partir acompañado solamente de su servidor.

Amo y criado emprendieron el viaje, disfrazados de trajinantes navarros, de los que llevaban mosto a Andalucía para cambiarlo por jerez y montilla. El de Beaumont, no pudiendo rechazar sus recelos, dispuso que seis hombres de armas siguieran de lejos a los trajinantes, por si encontraban asechanza en el camino. Efectivamente, sus sospechas eran fundadas. Cuando habían pasado las fronteras de Navarra, don Menendo se adelantó, con el pretexto de explorar el camino. Momentos después, varios salteadores de aspecto feroz cayeron sobre don Fadrique. Éste, que iba armado bajo su disfraz, se disponía a defenderse con temerario valor, cuando llegó don Menendo y le aconsejó que no lo intentara, pues seguramente aquellos hombres se contentarían con el dinero que llevaba. Los salteadores asintieron a las palabras de don Menendo, y la mirada de inteligencia que se cambió entre unos y otros hizo comprender la verdad a don Fadrique. Y cuando su servidor se acercó a coger el dinero, le atravesó el cuello con la espada.

Los demás hombres se lanzaron sobre él; pero su espada trazaba en torno suyo un círculo que ninguno podía pasar. En esto se oyó el galope de unos caballos, e instantes después llegaban los hombres de Beaumont, que se lanzaron contra los malhechores, dejándolos a todos tendidos por tierra. Uno de los heridos, bajo promesa de perdón, confesó que habían sido pagados por un agente del rey, en connivencia con don Menendo. Ni la emboscada ni las nuevas persuasiones de sus amigos pudieron detener a don Fadrique, y siguió su camino con loca obstinación. Los hombres de Beaumont le acompañaron hasta Sevilla, y después regresaron a Navarra.

Durante algunos días, el maestre residió en la ciudad, ignorado por todos. Algunas tardes, embozado en una capa de hidalgo, rondaba el Alcázar, con la esperanza de ver a doña María. Y un día pudo contemplarla en una terraza, acompañada de dos doncellas. Estaba pálida y parecía triste; pero su belleza era todavía más grande en su dolor. Don Fadrique la contemplaba tan embelesado, que dejó caer el embozo por unos momentos. Una de las doncellas, espía pagada por el rey, le reconoció al instante; pero supo disimular su descubrimiento. Esta visión decidió a don Fadrique a dejar el incógnito y a presentarse en Sevilla como el gran maestre de Calatrava. Con el pretexto de tratar un asunto importante, se dirigió al Alcázar, seguido de una lúcida cabalgata. Iba a proponer a su real hermano, en nombre de la orden, una empresa guerrera contra los infieles.

Entró en el Alcázar con la cabeza erguida, el paso resuelto y seguro. Cruzó las primeras estancias entre los homenajes de la servidumbre. A la puerta de la antecámara real había dos maceros, rígidos como estatuas. Don Fadrique avanzó resueltamente; pero al ir a atravesar al puerta, las mazas cayeron sobre él rápidamente una y otra vez. El maestre de Calatrava cayó al suelo sin proferir un gemido, sin exhalar un suspiro...

Cuenta la leyenda que en el pavimento del Salón de Embajadores del Real Alcázar sevillano, antigua Sala de la Media Naranja -donde contrajeran matrimonio Carlos V e Isabel de Portugal- se pueden ver todavía unas extensas vetas rojizas que lo manchan, originadas por la sangre vertida de don Fadrique, muerto el 19 de mayo del año 1358, por orden de su hermano el Rey de Castilla, don Pedro I "el Cruel" o "el Justiciero". El Duque de Rivas así inmortaliza el trágico suceso en sus versos:


Mas ¡hay! aquellos pensiles
No he pisado un solo día
Sin ver (¡sueños de mi mente!)
La sombra de la Padilla.

Ni en el aposento regio
El que tiene en la cornisa,
de los reyes los retratos
El que en columnas estriba.

Al que adornan azulejos
Abajo, y esmalte arriba,
El que muestra en cada muro
Un rico balcón, y encima

El hondo artesón dorado
Que lo corona y atrista,
Sin ver en tierra un cadáver;
Aun en las losas se mira

Una tenaz mancha oscura...
¡Ni las edades la limpian!...
¡Sangre! ¡Sangre!... ¡Oh, Cielos, cuántos
Sin saber que lo es la pisan!


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viernes 4 de septiembre de 2009

Leyendas de Andalucía (I): Los amores de Dª. María de Padilla y D. Fadrique


Allá por los años en que el rey don Pedro residía con su corte en el fastuoso Alcázar, su favorita, doña María de Padilla, por todos reconocida como la perla de Sevilla, deslumbraba con sus gracias y su belleza a toda la ciudad. Amada por el rey con desatada locura, se había convertido en la verdadera reina de Castilla.

Don Pedro tenía un hermano, popular por su extraordinario valor, distinguido por su porte señoril entre todos los jóvenes de la corte. Era don Fadrique, el gran maestre de la Orden de Calatrava.

Cuenta la leyenda que don Fadrique y la Padilla se amaban. Trataron de ocultar su pasión, conocedores de la ferocidad del rey; pero pronto la duda se despertó en el alma de don Pedro. Aunque no tenía pruebas que condenasen a los dos amantes, sus sospechas fueron creciendo, hasta convertirse en una absoluta convicción. Desde entonces, la vida del maestre peligró.

Don Fadrique, cegado por la pasión, no parecía darse cuenta de la amenaza que se cernía sobre él. Pero doña María, adivinando que ya estaba sentenciado, esperó a la primera ocasión para darle aviso.

Hacía algun tiempo que apenas tenían oportunidades de verse. Un día llegó al Alcázar un embajador inglés, y mientras don Pedro presidía la recepción, la fiel nodriza de doña María condujo a don Fadrique a la cámara de su señora. La Padilla, entonces, le suplicó que huyera adonde no pudiera alcanzarle la sorda amenaza del rey. Pero como él no quería reconocer otro peligro que el de enloquecer por amor, ella le prometió abandonar secretamente el Alcázar, má adelante, y reunirse con él en Navarra. Sólo bajo esta promesa el maestre consintió en ausentarse de Sevilla.

Con el corazón lleno de esperanza se dirigió a Navarra y fue recibido con espléndida hospitalidad en el castillo de Monteagudo, morada de sus amigos los Beaumont.

Durante días y semanas esperó, sin que llegase la menor noticia de su amada. Ni los obsequios, ni las distracciones de la caza podían calmar su febril impaciencia. Envió un mensajero a Sevilla; pero pasaba el tiempo y no regresaba.

Durante días y días permaneció don Fadrique sentado junto a la ventana abierta, con los ojos fijos en el camino del mediodía.

Un día divisó a lo lejos un jinete que se aproximaba al galope. Su corazón dio un salto, porque había reconocido en él a su mensajero, don Menendo. Momentos después éste se hallaba, cubierto de polvo, ante la presencia de su impaciente señor.

Contestó a las ansiosas preguntas del príncipe, dándole las nuevas que traía de Sevilla. Doña María vivia recluida en el Alcázar como una prisionera; el temor de verse espiada por todas partes no le permitía ni salir a los jardines. Don Menendo no había podido, por lo tanto, verla; pero sí había hablado con su fiel nodriza, quien le había entregado una carta de su señora para don Fadrique.

El maestre recibió la carta de manos de su mensajero con gesto pensativo. Entonces, el servidor le expuso un plan que había ideado para libertar a doña María. Sólo necesitaba dinero y el consentimiento de su señor...(continuará).

(Extraído de Leyendas de Andalucía, Barcelona, Labor, 1984).

lunes 31 de agosto de 2009

VI Jornadas Medievales de la Sierra Norte de Sevilla


El municipio sevillano de Alanís, enclavado en plena Sierra Norte sevillana, celebra la sexta edición de sus Jornadas Medievales desde el 4 de septiembre a las 20,00 horas con un pasacalles inaugural, al 6 del mes del calor del membrillo. Las Jornadas son un evento que se ha convertido en una importante cita sociocultural del verano en la provincia.

Con la celebración de las Jornadas, todas las calles de la localidad alanicense estarán recubiertas de penachos, blasones y estandartes y los monumentos que constituyen el rico patrimonio artístico del municipio, como el emblemático Castillo, que este año será además rehabilitado tras las jornadas como eje de un ambicioso plan turístico, mostrarán también a los visitantes exornos que les remitan a otra época. Malabaristas, saltimbanquis, zancudos, caballeros, damiselas, doncellas, mercaderes, magos, alabarderos y pícaros recibirán a voacedes para darles la ocasión única de viajar en el tiempo y perderse en la Historia entre juegos, batallas, contacuentos, talleres, circos, teatros, conciertos...

jueves 20 de agosto de 2009

Dos años "Renaciendo"


Renacimiento cumple hoy dos años desde que aquél ya lejano 20 de agosto del Año del Señor de 2007 bajo la protección de San Bernardo decidiera yo intrépidamente iniciarme en esta desconocida cruzada hacia el Reino de la Blogosfera colocando en ella por bandera la Estrella tartésica de las ocho puntas, la emblemática Flor de Lis y uno de los preciosos grabados que ilustran las desventuradas andanzas de Calisto y Melibea en Celestina.

Dos veces en que a la Madre Tierra le ha dado tiempo a acudir a su rutinaria cita de orbitar alrededor del Astro Rey y de dejarnos en su largo caminar sucesos tanto afortunados como desgraciados, mientras la Corte andaluza en continua navegación diplomática arribaba a otras fabulosas tierras que le indicaba la Rosa de los Vientos y que, gracias a ellas, además de acceder a un profundo aprendizaje de disciplinas variadas, podía entablar un humano conocimiento de sus regentes, quienes ahora forman parte de esta enorme familia renacentista.

Dos años transmitiendo el amor a la Literatura, a la Cultura, al Arte, a la Historia, a la Leyenda, al Mito, a Isbilya, al Andaluzía, al Andaluz, a la Solidaridad, a la Ecología, a los valores y a sus grandes protagonistas...

Renacimiento ha querido conmemorar esta entrañable panorámica con una serie de novedades añadiendo un mágico toque de Duende en la decoración del palacete morisco y en su ambientación musical que espero haya sido del agrado de voacedes. Os rogaría encarecidamente expresárais vuestra opinión en la encuesta habilitada para ello.

Asimismo, con ocasión de la celebración, en el aula se ha decidido adoptar a una extraña y hermosa criatura en extinción procedente del Oriente Medio llamada Phoenicoperus -o Ave Fénix-, de la que tuvimos noticias a través del magnífico libro que un amable viajero francés, de nombre Barthélémy de Glanville, regaló a la corte tras su paso por ella y por testimonios de los Clásicos, bestiarios, crónicas, manuscritos y otros documentos que alberga el Archivo de Palacio.

Le livre des propriétés des choses.

Nuremberg chronicles.

La feliz presencia en la corte de este prodigioso animal en compañía del Unicornio, de nuestras ya conocidas mascotas Pluto y Epona y del insigne Cortejo Real, transmitirá de seguro su maravilloso don de la inmortalidad durante al menos quinientos años más para que Renacimiento siga re-naciendo único y sempiterno, manifestando el pálpito andalusí de su última Reina Mora en la posteridad.

Aberdeen Bestiary


SIRVA ESTE PEQUEÑO AZULEJO COMO OBSEQUIO DE RECUERDO PARA TODOS LOS QUE LO HACÉIS POSIBLE:

¡GRACIAS!

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Re-Nacimiento

Fiesta en palacio

miércoles 12 de agosto de 2009

Las Perseidas: Una leyenda renacentista


La popular lluvia estival de meteoros conocida como las Perseidas lleva aparejada una triste leyenda cuyo testimonio se guarda celosamente en la biblioteca de este palacio y que este año con la celebración del Año Internacional de la Astronomía, la corte renacentista quiere celebrar. La leyenda cuenta que las Perseidas tuvieron lugar casualmente la noche en que se martirizó y ejecutó a San Lorenzo, llegándose así a asociar éstas en la edad medieval y renacentista con las lágrimas que vertió el santo al ser quemado en la parrilla.

Renacimiento os invita a que toméis el telescopio de corte y pidáis un deseo al paso de cada una de estas bellas estrellas fugaces.

Una leyenda originada en las Lágrimas de San Lorenzo

La lluvia de las Perseidas llega puntual a su cita con la Tierra. Entre esta madrugada y mañana se podrá ver en su máxima intensidad el cielo iluminado con una nube de partículas dejadas por el cometa Swift-Tuttle.

TARITZA NICOLE VARGAS LA VOZ MADRID

Los aficionados a la astronomía podrán disfrutar entre esta madrugada y mañana de un espectáculo celestial casi mágico y digno de admiración. La lluvia de las Perseidas, uno de los eventos astronómicos más conocidos a nivel mundial, cumplirá una vez más con su cita anual. El fenómeno, al que también se le denomina como Lágrimas de San Lorenzo -debido a que tiene lugar cerca de la celebración del día de este santo-, podrá observarse mejor en un cielo carente de contaminación lumínica y a partir de las 00.30 horas (hora peninsular).

Sin embargo, entre las dos y tres de la madrugada es cuando se espera poder apreciar una mayor cantidad de meteoros, a los que comúnmente se llaman estrellas fugaces. Este espectáculo, que ilumina las bóvedas celestes, también podrá apreciarse, aunque en menor medida, un día antes y uno después de la fecha señalada.

El técnico de planetario del Museo de Ciencias y Cosmos de Tenerife, Rubén Naveros, recuerda que este espectáculo lumínico sucede cuando la Tierra atraviesa una especie de nubes de partículas del cometa Swift-Tuttle. Este cometa, descubierto en julio de 1862 por los astrónomos Lewis Swift y Horace Parnell Tuttle, necesita 135 años para completar su vuelta alrededor del sol.

Fue en 1992 cuando el cometa se aproximó más a la Tierra. En aquella ocasión los astrónomos observaron que de la cola del cometa se desprendieron más de cuatrocientos meteoros por hora. «Este cometa está volviendo al sistema solar. Todos los años, en la misma fecha, la Tierra pasa por este espacio y barre los restos del cometa. Pero varía de zona, no siempre pasa por el mismo lugar y pensamos que en 1992 se atravesó alguna bolsita que no se había barrido. Sin embargo, no creemos que este año vaya a suceder algo similar», añade Naveros.

Aunque su acción ha menguado ligeramente, esta lluvia de estrellas sigue gozando hoy en día de gran popularidad. Algunos atribuyen el éxito del espectáculo a su belleza y otros a la época estival en la que sucede, ya que muchos huyen de la polución de la ciudad hacia el campo y playa, dispuestos a olvidar sus preocupaciones y disfrutar.

Paso a paso

Como explica Naveros, cuando este polvo cósmico entra en contacto con la atmósfera «las partículas, que son del tamaño de un grano de arena, se queman y esto produce un rastro resplandeciente» que es lo que denominamos estrella fugaz.

Los apasionados de la observación astronómica deberán mirar -mejor tumbados en el suelo- hacia el noreste, lugar donde se encuentra la constelación de Perseo. Es, precisamente, de esta constelación de donde viene el nombre de Perseidas.

No obstante, para el vicepresidente de la Sociedad Malagueña de Astronomía, Francisco Gálvez, «conviene mirar en todas direcciones, no sólo hacia las que parecen venir de Perseo». «Se trata de disfrutar del cielo», añade el también director del Aula del Cielo. Eso sí, como precisa, lo mejor es dirigir la mirada hacia la zona más oscura si la idea es contemplar el espectáculo de la forma más clara posible.

Con motivo de la celebración del Año Internacional de la Astronomía, la Sociedad de Observadores de Meteoros y Cometas de España (SOMYCE) diseñó una campaña de observación de esta lluvia de estrellas. En la web de la organización, www.somyce.org, hay disponible una guía de observación para quienes quieran participar de esta experiencia astronómica.

Para contemplar este rastro de polvo cósmico, dejado en la atmósfera por un cometa, no es necesario utilizar equipo especial alguno, ya que se ven a simple vista. Lo único que necesita tener es un poco de paciencia y una lista de deseos para que pida uno por cada estrella fugaz que vea. El único aspecto negativo de esta lluvia de estrellas es que no puede observarse desde el Hemisferio Sur. Siempre que se esté en el Norte, es visible desde cualquier punto.

La lluvia de las Perseidas no es sólo un espectáculo astronómico. También lleva aparejada una leyenda. La tradición cuenta que en el año 258 d. C., Roma pidió la ejecución del Papa Víctor II. Tras la muerte del religioso, el poder romano exige a uno de los diáconos que entregue al gobierno todas las riquezas de la Iglesia. Pasados varios días, el diácono San Lorenzo presentó frente a los romanos las reliquias eclesiásticas: enfermos, pobres...

El atrevimiento enfureció al gobernador romano, que lo mandó matar de una de las formas más crueles conocidas: quemado en una parrilla lentamente. La noche de la ejecución coincidió con una lluvia de Perseidas que marcó el origen de esta relación. Pero no fue hasta la Edad Media y el Renacimiento cuando se asoció esta lluvia de estrellas con las lágrimas que vertió San Lorenzo al ser quemado en la hoguera.